Eran los primeros años de nuestro matrimonio, tal vez 1971/1972.
Cada tanto nos veíamos con nuestros hermanos (de sangre y/o políticos). Todos tenían hijos. Nosotros no.
Dentro de las turbas de sobrinos había dos, que no podían nunca venir separados: Kali y Diego.
Y aclaramos esto porque es imposible, de aquellos años, rescatar una anécdota que los tenga separados.
Y esto es también algo que destacar: la fuerte hermandad.
Pero volvamos a la historia. Entreambos, Liliana y yo Enrique, decidimos invitarlos a pasear por la Costanera. El plan era ver los pescadores, caminar por la vereda que da al río-mar, ver despegar los aviones y – tal vez – comer un pochoclo o tomar una Coca al paso.
Y así fue. Pero recordarán ustedes que por aquella época proliferaban en la Costanera las nuevas y a veces lujosas pero siempre bien instaladas parrillas que reemplazaron por algunas décadas a los kioscos parrilleros (de larga data y en estos tiempos actuales de vuelta).
Y hete aquí que sucedió lo incontrolable. Carlitos lideró el reclamo secundado, si no inspirado por Diego, de sentarse y hacer festival gastronómico en una parrilla (eran como las seis de la tarde).
Lo nuestro- considerando la exigüidad de nuestras arcas para esa época – no daba para ello. Pero temerosos de disgustar a los chicos finalmente accedimos. Iniciamos el pedido con un humilde chorizo para Liliana y otro para Enrique. Preguntado que fue Carlitos pidió UNA PARRILLADA. Y tras magno esfuerzo los hermanitos pudieron con ella, acompañada de las inefables papas fritas. El pánico de los tíos aumentó a la hora de los postres, que lógicamente obviaron el paso, no así los chicos.
Cerrada la epopeya llegó el momento crítico. Los tíos traspiraban, Liliana le arrimó por debajo de la mesa todos los billetes y monedas disponibles(Recuerden que en esa época lo único que había de tarjetas eran las de marcar la hora de ingreso al trabajo). Finalmente llegó el momento de la DOLOROSA.
Con gran alegría constatamos que llegábamos al monto exacto con la ayuda y el sacrificio del mozo que quedó sin su recompensa.
El alivio nos colmó. La alegría nos invadió, y mucho más cuando ambos al unísono expresaban: GRACIAS TIOS, ESTUVO MUY LINDO. PODRIAMOS REPETIRLO!!!
Pasaron los años y Cali además de ser tan apegado a Diego pasó a estar apegado Andy, de manera tal que llegó el día de la boda, cuando los dos en medio de la ceremonia, chiquitos y emocionados se dieron media vuelta en el altar y se comprometieron, a quererse durante toda sus vidas, frente a toda la comunidad allí reunida logrando conmocionarnos a todos…y siguieron pasando los años y Cali y Andy pasaron a ser apegados a sus hijos. Entonces llegaron los meses de enero en Lalu, donde cada uno traía a un hijo de la mano para compartir un día de playa, de helado y de Asterix (adivinen ¿quién?). Vino Chile y nos dimos cuenta, de que Cali y Andrea, de tan apegados entre sí, habían formado una hermosa familia cuando nos fueron a buscar al aeropuerto de Santiago, y al levantar la vista para encontramos cuatro caritas sonrientes que nos miraban desde el piso superior y llegamos a los mostradores y volvimos a visualizar a las cuatro caritas alegres, y así hasta que salimos y llegaron los besos y abrazos. Mientras tanto pasaban las maestrías y la consolidación en su carrera
Conclusión:
Cali es apegado a su familia, a su profesión, a sus ideas y a la parrillada
por Enrique Behrends