Praga – Viena – Budapest: Praga (2004)

Hay mucha historia que contar de este post, comenzando con que lo estoy escribiendo en mayo de 2025. An encontró la agenda en la que documentó el viaje en 2004, la dictó a Word, y yo la pasé por ChatGPT para hacerlo mas legible. O sea, esta entrada es principalmente la descripción del viaje de An. Adicionalmente, le agregué los comentarios en itálica, que son complementos del viaje. El original del dictado de An está en el Word en mi OneDrive.

Y el viaje comienza con historia. Cuando dijeron que el Groupcon seria en Praga, nos pareció una oportunidad para encontrarnos allá. La semana anterior era el ASFM, así que yo ya estaba en Europa. 

Parece que la idea no fue original. Unos meses antes del Groupcon, Klaus mandó un e-mail, avisando que este era un “Groupcon de trabajo, o sea, sin esposas”. Supongo que en los Groupcon con esposas trabajamos también, pero el mensaje se entendío, y alineado con ese mensaje, reservamos un hotel para An durante la duración del Groupcon.

10 de septiembre de 2004 – En el aire

El viaje empezó con el vuelo Lufthansa 305, que despegó a las 13:20. El aperitivo incluyó maníes y algo para tomar, seguido más tarde por una comida —difícil decir si fue almuerzo o cena según la hora del vuelo— con pastas como opción principal. Intenté dormir, pero el ruido a bordo no lo hizo fácil. Pasaron la película «De repente 30», aunque solo estaba disponible en portugués. Hice un nuevo intento de dormir, sin suerte. Me dolía todo, y como mucho logré dormitar unas dos horas.

A las 4:30 am (11:30 pm en Brasil) nos sirvieron el desayuno. Poco después, alrededor de las 5:20, estábamos por aterrizar.

11 de septiembre de 2004 – Primeros pasos en Praga

Tras unas dos horas y media de espera aburrida en la puerta B50 del aeropuerto, finalmente anunciaron el embarque por la B43. Al menos eso nos permitió caminar un poco antes de subir al avión que salió a las 8:30. En el vuelo nos sirvieron un sándwich de queso en pan negro, jugo de naranja y café. Aterrizamos en la República Checa a las 9:30.

A la salida del aeropuerto, un taxi Mercedes-Benz ya me estaba esperando para llevarme al Hotel U Páva, un encantador alojamiento con aire romántico. Me tocó una habitación en el tercer piso, tipo altillo, con una pequeña ventana sin vista. El piso de troncos de madera cortados, el techo inclinado y una cama con Federdecke (edredón de plumas) le daban un aire acogedor. El baño tenía jacuzzi. Dormí una siesta rápida, un par de horas para recuperar algo de energía.

A las 13:00 salí a explorar. A solo dos cuadras del hotel comienza el legendario Puente de Carlos, una joya medieval con más de 600 años de historia, adornado con esculturas barrocas de santos. El puente estaba lleno de turistas, una babel de lenguas y estilos. Lo crucé con prisa para llegar hasta el Reloj Astronómico en la plaza del Ayuntamiento justo a tiempo para el espectáculo de las 14:00, cuando las figuras mecánicas cobran vida. Me tocó ver a la Muerte girando su reloj de arena.

Seguí caminando por la Plaza de la Ciudad Vieja, llena de movimiento, artistas callejeros y turistas. Desde allí se ven las emblemáticas torres góticas de la Iglesia de Týn. Me fui perdiendo entre las calles del barrio judío, Josefov, hasta regresar al Puente de Carlos para un encuentro especial a las 15:00 frente a la estatua de San Juan de Nepomuceno. La gente la tocaba buscando suerte, lustrando su base de tanto roce. Hacía calor.

A las 15:30 volví a caminar hacia la Ciudad Vieja y me detuve un rato a escuchar un grupo de jazz callejero. Luego, un momento muy esperado: a las 16:00, nos encontramos con Cali, como corresponde, en el puente de Carlos. Yo iba hacia Malá Strana y Cali de Staré Město. Caminamos juntos por la ciudad, volvimos a la plaza, comimos un helado detrás del ayuntamiento, y seguimos paseando. Pasamos frente a la elegante Casa Municipal y luego fuimos al Hotel Intercontinental a buscar ropa para Cali, ya que esa noche él se quedaba en el hotel conmigo.

Volvimos a cruzar el barrio judío y pudimos ver desde afuera el Antiguo Cementerio Judío, uno de los más antiguos de Europa, con tumbas amontonadas en distintos niveles por falta de espacio.

Cenamos temprano, a eso de las 19:30, en una crêperie junto al puente. Probé mi primera pivo (cerveza checa), una clásica pilsen, y comimos crêpes salados de pollo con champiñones, y de espinaca con queso azul. De postre, una trilogía dulce: crêpes de naranja, nueces, y banana con chocolate.

Volvimos al U Páva, cerrando un primer día intenso y lleno de belleza.

12 de septiembre de 2004 – Caminata bajo la lluvia por Malá Strana

Nos levantamos temprano. Ca tenía su primera excursión con el grupo de Groupcon y el desayuno, que normalmente servían más tarde, nos lo abrieron especialmente a las 7:20. Afuera, llovía sin pausa.

Yo salí al hotel, y al llegar la secretaria de Klaus me pregunta por Frau Behrends. Le digo que estaba hospedada en un hotel del otro lado del rio. Ella responde “very good, very good”.

A las 10 salí a caminar sola, protegida con mi capa de lluvia. La meta del día era Malá Strana, el encantador “barrio pequeño” que se extiende justo al pie del Castillo de Praga, muy cerca de nuestro hotel.

Tomé la calle que sale desde el Puente de Carlos y pronto me encontré frente a la imponente Iglesia de San Nicolás. Su cúpula es inconfundible y destaca entre los techos de Praga. Entré a visitarla (entrada 50 CZK): el interior barroco es impresionante.

Subí por la calle Nerudova, llamada así en honor a Jan Neruda, escritor y periodista checo cuyo apellido inspiró a Pablo Neruda. Esta calle empedrada está rodeada de antiguas casas con símbolos en lugar de números, y en ella se encuentran varias embajadas.

Las campanadas me guiaron hasta el santuario de Loreto, una réplica de la Santa Casa italiana de Loreto. Además de su arquitectura, se puede visitar la Cámara del Tesoro, que guarda ofrendas de peregrinos; una de las piezas más impactantes está decorada con 6.222 diamantes.

Justo enfrente se alza el Palacio Černín, una construcción majestuosa que hoy es sede del Ministerio de Asuntos Exteriores checo. Lo mandó construir el conde Humprecht Jan Černín como residencia diplomática.

Continué caminando hasta el Monasterio de Strahov, donde lo primero que se ve es la Iglesia de Santa María. A través de una reja se puede observar su interior barroco, con escenas de la vida de San Norberto. Dicen que el mismísimo Mozart tocó allí el órgano en una visita a Praga.

Hice una pausa para almorzar en el Klášterní Pivovar, la cervecería del monasterio. Pedí una cerveza negra de 14° y un sabroso pollo asado a la cerveza, acompañado de pepinos agridulces y pan.

Después, visité la Biblioteca de Strahov, fundada hace más de 800 años. Alberga unas 900.000 obras y está dividida en dos salas principales: la Teológica y la Filosófica. Ambas son tan majestuosas como silenciosas.

Para bajar, tomé los senderos arbolados del parque en la colina de Petřín. Entre los árboles se encuentra la estación del funicular, que conecta la cima con la parte baja de la ciudad. Una de las laderas del parque está bordeada por la Muralla del Hambre, construida por el rey Carlos IV como obra pública para dar trabajo a los más necesitados durante una crisis de hambre. En lo alto, se puede visitar la pequeña réplica de la Torre Eiffel, que ofrece vistas panorámicas de toda Praga.

Después de bajar, seguí caminando hacia la isla Kampa, separada del resto de la ciudad por un canal. Es un rincón encantador con parques y bares, muy tranquilo. Desde allí regresé por la Iglesia de San Nicolás y el Puente de Carlos, pasando frente al Hotel U Páva, hasta llegar al parque Vojan. Me sorprendió: árboles frutales llenos de peras y manzanas daban un aire casi rural en medio de la ciudad.

Seguí rumbo a la estación de metro de Malá Strana, atravesando antiguos palacios y pasando frente al edificio del Senado Checo. Llegué a la Plaza Malostranská, donde descansé un rato con un café y un apfelstrudel, bien merecidos.

Cerré el día visitando la Iglesia de Nuestra Señora de la Victoria, donde se encuentra el célebre Niño Jesús de Praga, vestido con uno de sus 72 trajes bordados a mano.

Empezaba a oscurecer. Crucé una vez más el Puente de Carlos rumbo al hotel, con los pies cansados pero el alma llena. Quería ver una vez más la Plaza de la Ciudad Vieja desde la habitación. Tocaba descansar. Los pies lo agradecían.

A la noche, una escena que se repartiría: llamo a An, y comparamos notas de las actividades del día. A lo largo de los días, las actividades se repiten, aunque no siempre el mismo día. Y, en general, se nota como el Groupcon está organizado con mucho tiempo: hacemos las mismas cosas, pero siempre con un toque a mas. Por ejemplo, creo que fue el domingo que fuimos al castillo de Carlos o Karlštejn. Con el Groupcon cruzamos a la segunda torre y subimos al piso del tesoro, aun cuando no pudimos ver el tesoro. La excusión de An, que será unos días más tarde, solo llega a la primera torre.

 Como curiosidad, la primera y segunda torre son conectadas por un puente de madera, que en caso de ataque, es quemado, con lo que la segunda torre, la del tesoro, queda inaccesible.

Lunes 13 de septiembre de 2004 – Nove Mesto y los contrastes de la ciudad nueva

Hoy dormí un poco más. A las 9 ya estaba en la ducha, lista para un desayuno tranquilo antes de comenzar la caminata del día. A las 10 arranqué con rumbo a Nové Město, la “Ciudad Nueva” de Praga.

Crucé el Puente de Carlos y, pasando por la Capilla de Belén, seguí hasta la calle Národní, una avenida amplia que lleva directo al Teatro Nacional, imponente sobre la orilla del río Moldava. A solo una cuadra, en una construcción moderna de vidrio, se encuentra el Teatro Negro de la Linterna Mágica, famoso por sus puestas en escena visuales.

Desde allí me desvié hacia la histórica cervecería U Fleků, quizás la más famosa de Praga. Esta vez solo fue para ubicarme bien: más tarde volvería con Carlos.

Seguí rumbo a la Plaza de Carlos, donde destaca el Ayuntamiento Nuevo, una construcción hermosa y de peso histórico: aquí tuvo lugar la Primera Defenestración de Praga en 1419, hecho que marcó el inicio de las Guerras Husitas.

Al cruzar la plaza, aparece la Iglesia de San Ignacio, un edificio barroco junto a un antiguo hospital. En otro extremo, comienzan las facultades universitarias de medicina, farmacia y psicología. A un lado, se alza el Monasterio de Emaús, cerrado al público pero visible por sus dos torres modernas con forma de vela, reconstruidas tras los bombardeos de la Segunda Guerra.

A pocos pasos visité los jardines botánicos y, subiendo una escalinata entre facultades, encontré una iglesia octogonal dedicada a la Virgen María y Carlomagno, también cerrada.

Ya volviendo hacia el centro, pasé por la agencia Martin Tour para reservar una excursión al castillo de Karlštejn. La oficina estaba escondida en el primer piso de una galería, y se accedía por un montacargas de esos que hacen dudar si uno está en el lugar correcto.

Desde ahí llegué a la Plaza de Wenceslao, gran avenida con forma de plaza que ha sido siempre lugar de concentración, discursos y manifestaciones. Al fondo está el Museo Nacional, y junto a él un edificio moderno de cristal: el nuevo Parlamento. A los lados, se agrupan cafés, bancos, hoteles y tiendas. Me detuve a almorzar en el Hotel Europa, que conserva su fachada modernista, con espejos y lámparas de araña. Pedí una omelette de jamón, tomate y pepinos; algo caro, pero el lugar lo valía.

Después de comer, seguí hasta la Iglesia de Nuestra Señora de las Nieves, gótica, altísima, y vinculada a las antiguas coronaciones que realizaba Carlos IV. Muy cerca está el pequeño parque Františkánská, un oasis entre tanto edificio.

Subí luego por la peatonal llena de comercios, bastante caros por cierto, en dirección a la Torre de la Pólvora, antigua puerta de entrada a la ciudad. Justo al lado está la preciosa Casa Municipal, obra maestra del art nouveau. Me prometí volver más adelante para algún concierto. A la vuelta se encuentra el histórico Hotel Pariz.

Desde ahí, volví a la Plaza de la Ciudad Vieja, atravesando callejuelas encantadoras, la Iglesia de Santiago, el Patio de Týn, y finalmente llegué a Josefov, el antiguo barrio judío. Saqué una foto al Ayuntamiento Judío, con su curioso reloj cuyas agujas giran en sentido contrario. A un lado está la Sinagoga Vieja-Nueva, una de las más antiguas de Europa en uso. Del otro lado de la calle, el Café Kafka. Bajando una calle que bordea el cementerio judío, pasé por varios puestos de recuerdos.

El calor apretaba. Me senté a descansar en una plaza frente al Rudolfinum, sede de la Orquesta Filarmónica de Praga. Las ganas de un café y otro apfelstrudel me llevaron de nuevo a Nové Město, a un café llamado Kyvadlo. Desde ahí retomé la calle que lleva al Teatro Nacional y, bordeando el río Moldava, me regalé un atardecer precioso, digno de postal.

A las 20:00 volví al hotel. Día largo, pies cansados… nada que un jacuzzi no pueda aliviar.

Creo que fue este día que visitamos la biblioteca nacional. Y otra vez, la experiencia fue diferente. Cuando An visitó la biblioteca, llegó a un área protegida en la puerta con una cuerda, por encima de la cual asomó la nariz. En ese cuarto habia libros del 1400! Cuando nosotros visitamos, entramos en ese cuarto, y tuve en mis manos uno de esos libros! 

14 de septiembre de 2004 – Un castillo de verdad, caballos y Vivaldi

Hoy tenía excursión al castillo de Karlštejn, así que temprano crucé el Puente de Carlos rumbo al punto de encuentro. En el camino, dos italianas me pidieron que les sacara una foto; jugué un rato de fotógrafa improvisada.

A las 10:20 partió el bus. Media hora después, ya estábamos en el pequeño pueblo donde se levanta el castillo. El ómnibus no puede subir hasta la cima, así que hay tres opciones: subir caminando por una cuesta empinada, tomar un taxi por 100 coronas o elegir la más romántica… subir en carroza tirada por caballos por 150 coronas. Obviamente elegí la tercera. En quince minutos, ya estaba frente al castillo.

Y sí, es un castillo de verdad: con murallas, torreones, fosas… pero curiosamente nunca fue residencia real, sino guarida de tesoros. Lo mandó construir Carlos IV, rey de Bohemia y emperador del Sacro Imperio, en 1348. Dicen que allí se guardaban reliquias como dos espinas de la corona de Jesús, un pedazo de la esponja con vinagre que le ofrecieron en la cruz y hasta un diente de San Juan Bautista.

Después de recorrerlo, bajamos al restaurante Bohemia. Empezamos con un aperitivo típico, Becherovka, seguido de una sopa de papas con kummel y eneldo, knedlíky con gulash y de postre algo parecido a un brazo de reina. Ah, y mi primera cerveza del día.

La excursión continuó bajando a pie por el pueblo, lleno de tienditas con cristal de Bohemia y souvenirs. A las 15:00 estábamos de vuelta en el bus rumbo a Praga.

Ya en la ciudad, caminé hasta el Hotel Intercontinental y crucé el puente frente a la facultad. Ahí comencé a subir unas escalinatas que me llevaron a un inmenso parque, que desemboca en el Castillo de Praga. Deambulando por los pasillos del complejo, entré a la catedral gótica, visité la Basílica de San Jorge y compré entradas para un concierto de “Las Cuatro Estaciones” de Vivaldi. Como había poca gente, aproveché para recorrer con calma la famosa Callejón del Oro, aunque ya con todos los negocios cerrados.

Antes de terminar la tarde, vi también el cambio de guardia. Luego bajé por una callecita hasta llegar a la plaza frente a la Iglesia de San Nicolás, y ahí hice mi última parada del día: la cervecería U Glaubicu, donde me tomé la segunda cerveza acompañada de queso brie con salsa tártara y grosellas. Un cierre perfecto antes de volver al hotel a descansar.

15 de septiembre de 2004 – Jardines, cementerios ilustres y una cena muy animada

A las 9:30 me entregan las valijas de Ca, que venían bien cargadas de ropa para lavar. Mañana arranca sus vacaciones por nueve días, así que aprovecho para seguir explorando. Esta vez, vuelvo a Malá Strana para revisar detalles que antes me había perdido.

Subo por la calle Neruda, prestando atención a los símbolos en las fachadas de las casas. Me detengo en una que tiene tres violines colgando: señal de que allí vivían violinistas. Sigo subiendo hasta llegar otra vez al Castillo de Praga. Camino por los alrededores, entro nuevamente a la Catedral, escucho las campanas y salgo por una puerta lateral rumbo a los jardines del Palacio. Desde ahí se ve la Casa de los Bailes Reales, que está en plena reconstrucción, y un poco más adelante, el Palacio Belvedere, de estilo renacentista italiano. Fue construido por el emperador Fernando I a mediados del siglo XVI como regalo para su esposa Ana. Una joyita escondida.

Después de recorrer, bajo hacia la estación de metro Hradčanská y me mezclo con la gente local: en su mayoría rubios, de ojos claros, muy nórdicos. Tomo el metro hacia Vyšehrad, haciendo una combinación en el camino. Apenas llego, me recibe el Centro de Congresos, un edificio bastante feo, pero funcional, donde hacen ferias y conciertos.

A pocos metros se ve el segundo puente más largo de Praga, con unos 500 metros de longitud, cruzando el valle por encima de los techos. Entro a Vyšehrad por la Puerta de Tábor y llego al cementerio, donde descansan grandes figuras de la cultura checa: los compositores Smetana, Dvořák y también el escritor Jan Neruda.

Paso por la Iglesia de San Pedro y San Pablo y almuerzo en un pequeño restaurante de la zona: una ensalada y una cerveza, lo justo para reponer energías. Salgo de Vyšehrad y empiezo a caminar bordeando el río Moldava, hasta encontrarme con el famoso edificio danzante, ese homenaje moderno a Ginger y Fred, donde un edificio parece inclinarse hacia el otro como en un paso de baile.

Cruzo uno de los puentes y vuelvo al hotel pasando por la Isla Kampa, con tiempo justo para prepararme para la cena en el restaurante Mlýnec, junto a la compañía. Sigo practicando mi inglés en cada charla.

La cena fue todo un espectáculo. Cuatro platos bien presentados: primero una mini sopa de salmón con espinacas, servida en tacitas de café; luego una entrada de pato con diferentes lechugas. En medio, un show de magia: una chica que se escapaba de cadenas y de un baúl, acompañada por un policía que hacía reír a todos. El primer plato fuerte fue pescado, seguido por un número de bailarinas árabes. Luego llegó el segundo plato, carne, mientras un cantante imitaba a artistas de la A a la Z, cerrando con “My Way” de Frank Sinatra, invitando a bailar a las parejas (éramos solo siete).

El postre fue un helado con salsa de frutas, café y un dulce para cerrar. Terminamos la noche cerca de la medianoche, con el corazón contento y el estómago también.

16 de septiembre de 2004 – Un paseo entre arte, colinas y luces mágicas

Por fin dormimos hasta tarde. A las 9:45 estábamos apurados vistiéndonos para no perdernos el desayuno. Después salimos a caminar por Malá Strana; yo quería mostrarle a Ca algunas de las cosas que ya había explorado.

Paramos en U-Glaubicu para un aperitivo: una cerveza bien fría y un camembert con grosellas, que ya se volvió un clásico. Luego seguimos subiendo por la calle Neruda, mirando con más detalle los escudos y signos de las casas, pero tuvimos que dar media vuelta. Aunque el día estaba soleado, hacía bastante fresco y Ca andaba solo con remera.

Hicimos el mismo camino de regreso y aprovechamos para seguir explorando. Llegamos hasta la Loreta y el Palacio Černín, y desde ahí tomamos rumbo al Monasterio de Strahov. Ca quería ver una exposición particular: una mirada de Dalí sobre la obra de Goya. Curioso y provocador, como era de esperarse.

Almorzamos justo detrás del monasterio, en lo alto de la colina, con una vista maravillosa de la ciudad. Yo pedí pastas, mientras que Ca, que ya extrañaba el Pacífico, pidió atún con papas.

Después del almuerzo caminamos por el parque de la colina Petřín hasta llegar a su famosa mini Torre Eiffel. Subimos varias escaleras hasta lo alto para disfrutar una vista panorámica de 360° que valió cada escalón. Bajamos cómodamente en el funicular y volvimos caminando al hotel.

A las 18:00 nos encontramos con John y su esposa, una pareja originaria de Sudáfrica pero que vive en Australia. Fuimos juntos a la cervecería más famosa de Praga, U Fleků. Yo tomé un par de cervezas, ellos unas cuantas más… salvo Ca, que se mantuvo fiel a su Coca Light.

Más tarde fuimos a ver un espectáculo en la Linterna Mágica, “Odysseus”. Llegamos con 15 minutos de retraso por un error de cálculo con la hora, pero teníamos excelentes ubicaciones. El show fue un espectáculo moderno de danza, luces e imágenes proyectadas sobre todo el escenario. Muy visual, envolvente, casi hipnótico.

No fue una noche tan larga: para las 23:00 ya estábamos de vuelta en el hotel, cerrando otro día perfecto en esta ciudad de cuentos.

17 de septiembre de 2004 – Sol, trámites, pizzas y música cubana que no fue

Nos despertamos otra vez a las 9:30, justito para salir corriendo al desayuno. Después salimos a resolver un pendiente importante: cambiar nuestro vuelo de regreso. Como originalmente salíamos de Praga y ahora queríamos volver desde Budapest, tuvimos que esperar varias horas hasta poder contactar a Celia en São Paulo, que finalmente nos ayudó con el cambio. Recién ahí pudimos empezar a organizar el resto del viaje tranquilos.

Mientras tanto, caminamos por Staré Město disfrutando del sol y encontramos un restaurante italiano muy lindo para almorzar al aire libre. Nada mejor que una buena pizza bajo el sol praguense.

Más tarde fuimos a la agencia Čedok donde cerramos todo el tour: pasajes de tren, hoteles y detalles del itinerario. Con todo resuelto, volvimos al hotel a prepararnos para la noche.

A las 19:00 teníamos cena en U Pinkasů, y aunque solo eran dos estaciones de metro, llegamos un poco tarde. Nos reunimos con todos los gerentes de Endress que estaban con sus esposas —éramos como 20 en total— y con Karel, el organizador. La cena fue animada, llena de charla y buena cerveza. Terminamos cerca de las 22:00.

Después, con la pareja australiana y una pareja holandesa, salimos a buscar un lugar para tomar algo y escuchar música. El bar de jazz no convenció, ni había lugar para los seis, así que terminamos en un café llamado Le Patio, donde tocaban música cubana.

Yo pedí un Tequila Sunrise, otros fueron por vino. Pero a los cinco minutos de sentarnos, la banda paró de tocar. Al preguntar por qué, nos explicaron que según las leyes checas, no se puede tener música en vivo a nivel de calle después de las 22:30. Solo en sótanos o pisos superiores. Lo contaron con simpatía, pero igual nos quedamos con ganas de más.

Cerca de la medianoche volvimos al hotel. Otro día más vivido con intensidad… y con el viaje a Viena y Budapest ya en marcha.

18 de septiembre – Siesta prometida, parque ganado y cena en Obecní dům

Nos levantamos a las 9:30 para no perder el desayuno y cruzamos el Puente de Carlos rumbo al Teatro Nacional, bordeando el Moldava. Entramos en negocios de arte, cristalerías y algunas galerías. A mediodía, fuimos a la Plaza de la Ciudad Vieja y conseguimos una mesita perfecta en el restaurant Staroměstská, con vista directa al famoso reloj astronómico y a la iglesia de Týn. Comimos costillitas de cerdo y una ensalada de endivias, lechugas y quesitos, súper bien condimentada. De postre, buñuelos de fruta con azúcar negra e impalpable. Alta comida.

Ya era hora de cumplir con esa siesta prometida hace tres días, así que empezamos a bajar revoluciones. Caminamos por la calle Pařížská —llena de marcas como Louis Vuitton y Dior— hasta cruzar el Puente Čechův. Subimos unas cuantas escaleras (mil, fácil) para llegar a un parque con vista. Gente paseando, chicos en skate, perros felices. Nos tiramos en el pasto un rato, simplemente a estar.

Más tarde, bajamos por la ladera, pasamos por el hotel para un baño rápido y salimos a caminar hasta el Café de la Casa Municipal (Obecní dům), donde hicimos una cena liviana. De regreso, en la plaza estaban montando una especie de maratón con DJ, pero no había mucha gente. A las 21:30 ya estábamos en el hotel. Tocaba empezar a preparar las valijas.

19 de septiembre – Últimos paseos, helado, cerdo con blue cheese y tren a Viena

Desayuno puntual a las 9:45. Ca se pidió un omelette de jamón y queso. Después de cerrar las valijas y dejar la habitación, salimos a disfrutar de nuestro último paseo por Praga.

Fuimos al barrio judío (Josefov) y entramos a la Vieja-Nueva Sinagoga, la más antigua de Europa aún en funcionamiento. Un cuarto sencillo, rectangular, con pilares octogonales, el atril para leer la Torá y las rejas que separan los espacios. Carlos se tuvo que poner la kipá para entrar, claro.

Caminamos por los alrededores y paramos en una heladería italiana llamada Milano —muy buena— para ver pasar a los maratonistas. Al parecer, había carreras organizadas por Adidas: mozos, empleados del metro, aerolíneas… nosotros simplemente comíamos helado al sol, disfrutando.

Intentamos conseguir el famoso jamón de Praga, pero como era domingo, la rotisería estaba cerrada y los supermercados no tenían. Cruzamos el Puente de Carlos una última vez y fuimos a almorzar a U Tří Zlatých Hvězd(Las Tres Estrellas Doradas), en Mala Strana. Despedida como se debe: cerveza negra, cerdo relleno con blue cheese y salsa de arándanos, acompañado de una especie de papas duquesa. Ca pidió sopa de cebolla.

Pasamos a buscar las valijas y caminamos unas pocas cuadras hasta el metro. Con una combinación, llegamos a la estación de tren justo a tiempo. El tren a Viena salió a las 17:20. Viajamos en un compartimento cerrado para seis personas. Fueron unas 4 horas y media de viaje. Praga quedó atrás… pero bien grabada.

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